Yolanda Pardo poseída por Maruja Mallo

Maruja Mallo, de Yolanda Pardo

En la prosa de Yolanda Pardo hay una honestidad muscular que delata de inmediato su familiaridad con el ring. Confieso que, por mi fijación con el boxeo, a la avilesina la tenía bien ubicada dentro de los límites del cuadrilátero. Lo que jamás sospeché fue encontrármela en el territorio de las letras.

'Maruja Mallo' es una novela en primera persona donde Pardo le presta la voz a la pintora para que ella misma cuente su historia sin tutelas académicas. Acortando las distancias hasta que podemos olfatear el sudor y la adrenalina. Su estilo posee la urgencia directa del pugilismo. Una cadencia de golpes donde no hay espacio para el adorno innecesario ni la concesión elegante. Al abordar la vida de la pintora con esa frontalidad, declarando sin tapujos que para Maruja el sexo fue desde siempre algo alimenticio o reivindicando su belleza anatómica que la España clerical quería enterrar, escribe como quien lanza un directo a la mandíbula del puritanismo.

El acierto medular del libro reside en comprender que la verdadera sincronía entre autora y personaje es física. Ambas habitan arquetipos tradicionalmente vedados para las mujeres. El gimnasio de boxeo y la vanguardia beligerante de principios del siglo XX. Maruja Mallo fue una boxeadora del surrealismo que se abrió paso a puñetazo limpio en una España gris y clerical que pretendía arrinconarla contra las cuerdas por tener vagina.

Las tertulias en Velintonia, donde Carmen Conde proclama que hay que abrirse paso a puñetazos en este mundo de hombres o las risas en bicicleta por el altar de Arévalo, no son descritas aquí como excentricidades bohemias. Son escaramuzas físicas. Asaltos de una guerra de desgaste contra la misoginia. Pardo entiende el dolor y los traumas de Mallo. La muerte absurda de Rösset. La pérdida de Lorca. La herida purulenta del exilio argentino. Sin lamentos melodramáticos. Como castigos al cuerpo que curten la piel y templan el espíritu sin rendirse ante la cuenta de diez.

Esta aproximación convierte el libro en un artefacto políticamente directo. Un combate textual donde las palabras no buscan la aprobación del jurado por puntos. Solo vale el cloroformo de la verdad. Construye una voz irreverente y carnal incapaz de pedir perdón, despojando a la historia de su solemnidad decorativa y devolviéndole su dimensión visceral. La sangre derramada en las cunetas de Galicia. El asfalto madrileño bajo los pies descalzos de Las Sin Sombrero. La impudicia luminosa del deseo indómito. La disciplina de la resistencia. Nada de retratos estáticos para colgar en la pared de un salón burgués. Únicamente la crónica de una pelea en la que el lenguaje se convierte en el vendaje que protege los nudillos de una mujer que se niega a ser silenciada.

Al cerrar el libro flota en el aire la certeza de que la literatura, cuando es verdaderamente honesta, comparte con el boxeo la misma mística trágica. La convicción de que solo a través de la exposición absoluta del cuerpo se puede arrancar un instante de belleza al caos del mundo. Que para rescatar a Maruja Mallo de los márgenes de la historia hace falta una escritora dispuesta a subir al ring a boxear con el tiempo. La querían gris y ella siempre iba a ser arcoíris. Ese arcoíris, cuando es furia auténtica, siempre es inmortal.

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